Julio de 2003
Cuando le diagnosticaron lo que ahora conocemos como VIH en 1983, a Eva le dijeron que le quedaban seis meses de vida, un mensaje frecuente en la década de 1980. Eso fue hace más de 20 años.
A principios de 1983, Eva notó que tenía las glándulas del cuello inflamadas. Consultó a muchos médicos y se realizó una gran cantidad de pruebas para detectar enfermedades como el linfoma no Hodgkin. Cuando todas sus pruebas de laboratorio arrojaron resultados no concluyentes, su esposo fue llamado a la consulta del médico para ver si se podían aclarar en algo sus misteriosos síntomas. Poco tiempo después, le dijeron a Eva y a su esposo que tenían el "trastorno inmunitario relacionado con la homosexualidad" (GRID, Gay Related Immune Disorder).
En poco tiempo su esposo enfermó cada vez más y tuvieron que hospitalizarlo. Los médicos, que suponían que la enfermedad se transmitía por el aire, entraban a su habitación con trajes especiales, máscaras y con el miedo reflejado en sus rostros. Eva veía que a su esposo lo trataban como si tuviera la peste. Se sentía inundada por el pánico, aislada y sin esperanza, no sólo por su esposo sino que también por ella misma.
Al principio, Eva buscaba el apoyo de los médicos. No se atrevía a revelar su enfermedad, ni siquiera a las personas más cercanas a ella. Después de 20 años, ahora Eva ya no teme hablar sobre su situación con el VIH. Trabaja como voluntaria en una organización de servicios para el SIDA, es líder de un grupo de apoyo de pares e instructora de un taller que ayuda a las mujeres VIH+ a aprender a manejar la enfermedad. Eva cree firmemente que siempre obtiene más de su trabajo como voluntaria de lo que entrega: "¡al devolverle algo a la comunidad me siento completa!"
Tal como se podía predecir, la red de apoyo de Eva ha crecido y cambiado con el paso de los años. Al perder a su esposo cuatro años después de que les dieran su diagnóstico conjunto, la red de apoyo de Eva cambió y ahora recibe todo el apoyo de su familia y de su grupo de amigos, a los cuales elige cuidadosa y sabiamente. Es una mujer que sabe cómo quiere aprovechar su tiempo y que sabe que no se quiere rodear de personas negativas. Ahora Eva, la estudiante y no la maestra, ha aprendido cómo vivir el momento, cómo dejar atrás las cosas frívolas de la vida y concentrarse en lo que resta: la espiritualidad, la salud y su bienestar emocional.
A una mujer a quien recientemente le diagnosticaron el VIH, Eva le diría "todavía queda alegría, aun cuando no puedas verla. Las personas dicen que estás en etapa terminal... y qué, ¡todos lo estamos!" Si eres hermana, madre, tía, maestra, esposa, amiga o todas ellas: hay una vida después del VIH. "Es posible que tenga el VIH, pero soy muchas personas diferentes. Tengo muchas vidas diferentes".
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