Aproximadamente el 55 % de las mujeres que viven con VIH, tanto cis como trans, han sufrido violencia por parte de una pareja o de alguien a quien le revelaron su estado serológico.
Las mujeres expuestas a la violencia por su estado serológico tienen muchas menos probabilidades de recibir o buscar atención médica, y tienen 5 veces más probabilidades de padecer trastorno de estrés postraumático (TEPT).
Estas cifras no hacen más que confirmar la urgente necesidad de intervenciones para combatir la violencia contra las mujeres VIH positivas y los desafíos que enfrentan, en general, quienes viven con VIH.
Todo lo anterior son solo palabras. Palabras que se quedan cortas para abarcar la desgarradora realidad de las mujeres VIH positivas que enfrentan un diagnóstico de por vida y la violencia que este puede traer.
¿Qué significan estas cifras?
¿Quiénes son estas mujeres que sufren a manos de sus agresores?
¿Por qué debería importarle esto a alguien más?
Muchas veces, cuando leemos estadísticas sobre la violencia hacia grupos de personas con los que no nos identificamos o a quienes no conocemos personalmente, la gravedad y el peso de esta adversidad sin igual no nos calan como lo harían con quienes tenemos algo en común. Sí, tal vez sientas una punzada de incomodidad mientras tus ojos recorren la pantalla, pero te pido que te quedes con ese dolor y pienses por un momento en lo que se siente ser esta mujer.
Ella es la mamá del mejor amigo de tu hijo, la cajera del súper al que siempre vas, la persona en situación de calle junto a la que pasas, la enfermera de tu equipo, la alumna a la que le das clases o la autora de un artículo que encuentras en internet. Puede que le falten los recursos, el conocimiento o la fuerza para buscar atención; puede que necesite orientación dentro de un sistema socioeconómico que no está pensado para "gente como ella". Le dicen que es tóxica, un objeto al que se le pone la etiqueta de "sucio" o "limpio". Le duele, llora y sufre dentro de una institución que ya de por sí desvaloriza a sus hermanas en conjunto. Mientras atraviesa las luchas internas y los embates del dolor que con frecuencia acompañan al VIH, anhela aquello que la hace sentirse humana. Desea amor, sexo, compañía, cuidado y afecto. Pero ¿qué costo podría tener recibir estas cosas tan profundamente humanas que las personas que no viven con VIH dan por sentadas? Porque si no revela su estado serológico en ciertos estados, comete agresión agravada; pero si lo revela, puede toparse con violencia física por parte de la persona que está del otro lado de su vulnerabilidad. Si lo dice, mal; si no lo dice, también.
Veamos a la persona que está del otro lado de esa confesión tan delicada. Esa que ve a mujeres como ella como inferiores e indignas de la decencia humana más básica, por culpa de información basada en el miedo que data de antes del cambio de milenio. Esa que está consumida por el miedo y el enojo, alimentados por la falta de compasión y respeto en la sociedad, y que por eso responde con violencia física. Sus reacciones se reducen a una especie de represalia primitiva ante la falta de comunicación y, sobre todo, de información actualizada sobre la transmisión del VIH. Un ejemplo desgarrador para reflexionar son las escalofriantes (e inexactas) palabras de Larry Dunn Jr., el hombre que asesinó a Cicely Bolden después de que ella le revelara su estado serológico: "Ella me mató, así que yo la maté".
Aunque ella ama como tú, tiene metas como tú, siente como tú, comete errores como tú y es tan humana como tú, por las desigualdades en la atención médica y la información obsoleta puede vivir mucha más violencia que tú. Lo que activistas, aliados y organizaciones buscan visibilizar es cómo podemos empoderar a mujeres como ella para que tengan acceso a atención y recursos adecuados, y cómo el público en general puede mantenerse informado y compartir conocimiento actualizado en la lucha contra el VIH, el sida y el estigma que los rodea.

