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NO TE ATREVAS A PERDERTE A TI MISMA

Submitted on Aug 28, 2026 by Alexandria Hicks

Traducido del inglés | Read in English

Todos quieren una historia de redención.

Quieren ver esa parte en la que al final te levantas. Quieren decir que eres fuerte. Quieren decir que eres una inspiración.

Pero nadie quiere hablar de lo que pasó cuando no eras fuerte.

El abandono.

El dolor.

La soledad.

Las noches que lloré pensando en cómo la gente que se suponía que me quería podía hacerme sentir como que era fácil dejarme.

Sé cómo se siente ser abandonada por las personas que deberían ser mi base de apoyo.

Mis padres.

Darse cuenta de que las personas que te dieron la vida no son necesariamente las que te hacen sentir segura es un dolor diferente.

Pasas años preguntándote:

¿Por qué no fui suficiente?

¿Por qué no valía la pena luchar por mí?

Esas preguntas no desaparecen cuando creces. A veces te siguen en la forma en que amas, en las personas que eliges y en el miedo a que todos los que amas eventualmente se irán.

Y luego me convertí en mamá.

Y cuando mi exmarido se iba y se llevaba a nuestras hijas con él, sentía como si unos pedazos de mi corazón iban saliendo por la puerta.

Su ausencia no era sólo silencio. Era algo físico.

En medio de todo eso, tuve a mi único hijo varón.

Mañana cumple cinco años.

Y, en su cumpleaños, mi hijo despertará en los brazos de otra mamá.

No hay forma fácil de decirlo.

Ojalá hubiera hablado antes. Ojalá hubiera hecho las cosas bien antes. Ojalá hubiera entendido que pedir ayuda no era una debilidad.

Porque luchar una batalla perdida por tu hijo casi te puede matar—y, de alguna manera, te devuelve la vida al mismo tiempo.

Por más de dos años, luché por mi hijo.

Luché contra el sistema.

Luché contra el miedo.

Luché contra el corazón roto.

Luché contra la sensación de que se me iba el tiempo de las manos.

Pero en el camino, mientras intentaba desesperadamente salvar todo lo que me rodeaba, me estaba perdiendo a mí misma.

Nadie te dice que, a veces, la persona a la que tienes que salvar junto con tu hijo es a ti misma.

Todo esto mientras luchaba con mi diagnóstico

VIH.

Para cuando ese diagnóstico llegó a mi vida, ya llevaba años cargando con el dolor, el abandono, la depresión y la vergüenza.

El VIH no era lo único contra lo que luchaba.

Estaba luchando contra la idea de que tal vez había algo mal en mí. Que tal vez yo no valía la pena para que se quedaran.

Y unos días, no estaba bien.

Ahí está.

Lo dije.

Yo no estaba bien.

Estaba sufriendo. Estaba enojada. Estaba en duelo. Tenía miedo. Y estaba cansada.

Pero, bajo todo ese dolor, todavía existía una mujer que no se había rendido del todo.

Poco a poco, voy reencontrándome con ella.

Aprendí que el hecho de que mis padres no fueran capaces de quererme no me va a detener. Aprendí que, aunque mis hijos no duerman bajo el mismo techo que yo, sigo siendo su mamá. Estoy aprendiendo que soy más fuerte que mi depresión o mi diagnóstico.

Ojalá pudiera volver atrás y sentarme al lado de mi yo más joven durante todas las veces que tenía que decir adiós, en cada habitación vacía y cada noche que se quedaba dormida llorando.

Le diría:

"Corazón, pueden irse. Pueden lastimarte. Puedes perder cosas que nunca pensaste que tendrías que perder. Pero ni se te ocurra perderte a ti misma."

Porque casi lo hice.

Quizás no pueda reescribir los años que ya han pasado ni borrar todos los errores que he cometido.

Quizás no pueda cambiar el lugar donde él se despertará mañana.

Quizás no pueda tener la relación que quiero tener con mis hijos ni con mis papás en este momento.

Pero sí puedo elegir qué voy a hacer con los años por venir.

Puedo hablar.

Puedo sanar.

Puedo pedirles perdón a mis hijos.

Puedo asumir la responsabilidad sin dejar que la vergüenza me destruya.

Puedo convertirme en la mujer, y en la mamá, que me hubiera gustado ser cuando todo estaba en pedazos.

Casi desaparecí tratando de sobrevivir todas las cosas que no dejaban de abandonarme.

Pero no lo hice.

Sigo aquí.

Y por eso estoy contando esta historia.

Para esa madre que lucha por su hijo y se está muriendo por dentro.

Para la persona que se siente abandonada.

Para la persona ahogándose en la vergüenza.

Para la persona que cree que sus errores significan que no puede mejorar.

Y para mi hijo.

Algún día, quiero que sepa que nunca dejé de amarlo. Que nunca dejé de luchar por él. Y que nunca dejé de desear haber regresado a mí misma antes.

Su cumpleaños no es el final de nuestra historia.

Tampoco lo es mi diagnóstico.

Tampoco lo es mi pasado.

Tampoco lo es mi dolor.

Sigo aquí.

Y esta vez, elijo no guardar silencio.

NO TE ATREVAS A PERDERTE A TI MISMA.

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