Poseer una cartera no te hace una cartera

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Soy una mujer de 59 años. Hace casi 8 meses recibí el diagnóstico de HIV positivo.

Inesperado, sorpresivo, inentendible e injusto. Con estos cuatro adjetivos puedo describir ese primer impacto que me generó el diagnóstico. Fue como si se me hubiera resquebrajado el piso y el techo caído encima, ambos, al mismo tiempo, en perfecta simultaneidad.

¿Cómo me iba a pasar a mí? Una mujer monógama a rajatabla, casada desde hacia 18 años, que no sabía lo que era ni un roce con un hombre distinto a su marido, una mujer de esas que llaman “decente”. ¿Cómo podía YO ser el objeto de deseo del HIV?

Negación, tristeza, enojo profundo, muy profundo, decepción, fueron sentimientos que me acompañaron por algunos meses, pocos, por suerte.

Ante el impacto apelé a la racionalidad: de inmediato busqué lugares de orientación, encontré uno regular, otro peor hasta que dí con el mejor. Pocos días después inicié mi tratamiento y en menos de 6 meses mi cuerpo respondió agradecido: indetectable, soy una mujer sana en el más absoluto significado de esa palabra.

Pude echar mano de todo aquello que me sostuviera: la fe en Dios, la práctica de Yoga, escuchar música sacra e incluso alabanzas en hebreo, me regalé instantes de silencio profundo y de meditación.

A veces se me hacía cuesta arriba meditar porque las lágrimas cubrían mi rostro desolado de tanta tristeza. La meditación salía cómo salía pero nunca la abandoné.

Empecé a hacer terapia y fue un viaje de ida. No tenía a nadie a quien contarle o al menos era lo que la vergüenza me hacía creer. Pero ¿vergüenza de qué?

Siempre tuve claro quien sería la primera persona a quien se lo contaría, pero como paso previo me urgía sentirme bien y poder transmitirle la tranquilidad que aún no sentía.

Fue así que al mes de iniciar terapia se lo comuniqué a mí hija. Y ese día quedé tan agotada como feliz. Recuerdo haber ido a una confitería con dulces deliciosos a merendar con la mejor compañía: yo misma.

Llevo 8 meses de tratamiento, no soy la misma y doy gracias a Dios por ello.

Quiero que este viaje que inicio al compartir mi experiencia en este blog sea un grano de arena para darle un rostro humano al HIV porque detrás del diagnóstico hay una biografía, hay una historia y es eso lo que hace que la tormenta se sobrelleve como se pueda, que el proceso de aceptación sea como es para cada quien.

Espero que al leer mi experiencia te ayude a mirar dentro de ti y reconocerte con todas tus fortalezas y recursos: amor, pureza, paz, sabiduría y vitalidad, como una flor de loto.

Poseer una cartera no te hace ser una cartera por eso ten en cuenta: el HIV no te define.

Yo no soy HIV, tú tampoco lo eres.

Te abrazo.

Flores de loto en agua.

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